Refugio prohibido | 2012

En 2007, luego de haber pasado un mes en el hospital recuperándose de un ataque físico por su ex-esposo, Margarita Medina huyó a San Cristóbal en las islas Galápagos con sus cinco hijos. Cinco años más tarde, está luchando para poder quedarse allí.

La ley ecuatoriana permite que los visitantes se queden en las islas Galápagos por un máximo de 90 días. Más allá de esto, sólo el matrimonio con un residente de las islas, un contrato de trabajo o una visa estudiantil pueden autorizar una estadía más larga.

Ninguna de estas situaciones es la de Margarita; ella ha tenido que esconderse de las autoridades para continuar viviendo en la isla. Ha trabajado como cocinera, trabajadora domestica, y ahora, como camarera en un hotel. Aunque un contrato trabajando en cualquiera de estas posiciones la calificaría para permanecer legalmente en la isla, primero tendría que volver al continente por un año antes de aplicar para regresar.

Margarita y sus dos hijos mayores pasan la mayoría del día trabajando, mientras tanto, sus tres hijos menores se quedan en la casa sin supervisión, ya que San Cristóbal es un lugar seguro. Los niños pasan las tardes jugando en la playa desatendidos. Esto no sería posible en el continente, que es mucho más peligroso y está plagado del crimen violento.

El miedo es una parte de lo que mantiene Margarita en San Cristóbal. Miedo para sus hijos, y miedo para ella misma—que su marido tal vez regresaría para terminar con lo que empezó un mes antes de ella llegó a la isla.

Pero más que el miedo, el amor lo mantiene allí. Margarita quiere a sus hijos más que nada, y su sueño es para que ellos un día se conviertan en profesionales. Así que se queda, trabajando y escondiéndose, para que puedan estar seguros y felices.
“No tengo nada,” ella dice. “Pero tengo la mejor cosa: tengo la paz y la alegría para mis niños y yo misma.”

"No quiero ir. Entonces tengo que esconderme o tratar que no me encuentran."
-Margarita Medina
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